Desde siempre he creído que la relación profesor/alumno estaba llena de rencores, reproches y curiosas (y hasta divertidas) caricaturas en el pupitre por parte del alumno. Pero me he dado cuenta que no siempre es así. Después de haberme pasado cinco años estudiando en un instituto (desde 93 al 98), a veces con buenas notas y muchas otras con notas raspadas tirando a malas, lo mejor que me ha dejado el paso por aquella enseñanza no fue conocer a nuevos amigos, ni rodar algún que otro cortometraje, tampoco esas pellas que caían de vez en cuando... lo mejor fue la amistad que me llevé, y que aún perdura, con uno de mis profesores. Un profesor fuera de lo normal. Alguien que te hacía vivir de primera mano lo que estabas estudiando. Un profesor que se ha convertido en un buen amigo, en uno de mis mejores amigos.
Analizando bien mi carrera profesional, él fue el primero en confiar en mí produciéndome mí primer cortometraje profesional: "El sótano". Eso es difícil de encontrar. Encima me dio trabajo nada más salir del instituto. Eso es más difícil de encontrar. Los recuerdos, algunos confusos por el paso del tiempo, son especiales y evocan en mí una sensación de melancolía por aquellos años. Unos años en los que Amenábar dirigió su primera película; "Tesis". Un empujón emocional a los que queríamos, llenos de ilusión, dedicarnos a dirigir cine. Pero el que realmente fue la piedra angular, la referencia para mi, fue mi profesor de prácticas. Aún a día de hoy, le siento como un segundo padre, sensación que ya albergaba en el instituto a medida que nuestra relación de amistad se iba cociendo a fuego lento.
Mirando atrás desde la comodidad del paso del tiempo, solo puedo decir que me siento orgulloso y afortunado de haber sido alumno suyo. Y cada vez que nos vemos, sigo aprendiendo cosas que me son y me serán muy útiles en el futuro.
Gracias Roberto.

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